miércoles, 27 de julio de 2016

En mi pelo



Y soñé que el viento agitaba mi cabellera. Soñé que era pequeño, fuerte, cuadrado, una bola de pelo duro con la lengua azul, el rostro chato y ojos soñadores. Soñé que atravesaba el espacio a zancadas, un paso largo que duraba horas y el corazón resonaba en mi pecho. Bum bum. Bum bum. Soñé que la respiración se hacía trabajosa y luego volvía a ser normal y abría la boca, jadeante.
Soñé que estabas a mi lado. Soñé con tus lagrimas de acero, cristal y plástico. Soñé con tus brazos, delgados y tan fuertes, abrazados a mis hombros, mi cabeza peluda, mi espacio tranquilo. Apoyabas tu cabeza en el hueco de mi cuello y las lagrimas caían, empapando mi pelo. Al no tener poros, las lagrimas se quedaban en el pelo y no llegaban a mi interior. Yo movía la cabeza, te empujaba y las lagrimas se convertían en risa. Idiota. Maldito idiota.
Soñé que el tiempo no existía y que el mundo era el decorado. Soñé que estábamos juntos y que eso era lo único que importaba, aunque de tus manos colgaban hilos y había gente bailando al final de ellos. ¿Y a mí que más me daba? En mi mundo los horizontes no se acababan nunca, porque el mundo es curvo. Mis patas repicaban, plac plac, al caminar sobre la pasarela de acero y sabía, al igual que cuando tu me abrazabas, que una parte de mí estaba muy lejos y nunca volvería. Aunque lo quería fuerte pero, blanco y negro, ida y venida, había trozos que me faltaban y eso estaba bien.
Soñé que era un perro. Y supe que, tanto el perro como el hombre de la mochila, existían para darse sentido el uno al otro. Para que, incluso en la soledad, no hubiera soledad. Y cuando me desperté aún vestía una sonrisa.

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