martes, 19 de julio de 2016
Sindrome Post-vacacional 2
Odio los martes.
Los lunes son días guays. Estás fresco del fin de semana, contento. Esta semana será distinta. Lo sabes. Te despiertas contento. Tienes ganas de hacer cosas y vas silbando camino del trabajo. Luego el día va pasando sobre ti, poco a poco. Estás menos cansado de lo que esperabas. Vas bien.
El martes ya no puedes mentirte a ti mismo. Las agujetas del lunes aparecen. Tienes ojeras. La agenda se presenta como una colina imposible de escalar. Odio los martes.
Es martes después de tres semanas maravillosas. Lo peor de unas buenas vacaciones, de esas en las que desconectas del todo y haces lo que te da la gana, es que no eres consciente de lo que tienes. Hasta que te lo quitan. Y entonces, como un niño al que quitan el chupete, lloras.
¿Cómo lloras? Hay dos huidas. Adelante y atrás. Dado que "adelante" es un desconocido, uno vuelve atrás. Busca recuerdos en tiempos mejores y, cuando se acuesta, el subconsciente toma el control.
Es culpa tuya. Llevas cuatro días sin hacer nada. Eres un inútil. La gente no te quiere porque hay algo que se te escapa. Quieres -necesitas- atención. Haz algo. Haz algo para que se fijen en ti.
Confundes seducción con romance, confundes risas con amistad, confundes agotamiento con satisfacción. Y en ese remolino, empiezas a ladrar como un perro desvalido y a pegar en puertas, rascando con la pata hasta que te dan una patada. Entonces te sientes justificado. Es lo que querías. Y lo has hecho usando a una persona, como siempre, porque hasta para eso eres incapaz de manejarte solo. ¿Ves? Eres pequeño, despreciado, insignificante. Eres un inútil. Ya puedes dormir contento.
Y en ese momento te das cuenta del error. Y suspiras, aliviado, porque podría haber sido peor. Podrías haber pegado a esa puerta prohibida, a la que nunca te debes acercar. Donde las cadenas y las heridas, donde los años de silencio. Pero también donde estuvo lo único verdaderamente real, la comunión del espíritu autentica, entre una serpiente de coral y un perro, entre una diosa y un vagabundo. Entre la oscuridad más terrible y esa luz, desvaída, juguetona, que aparece antes de desvanecerse fuera de la vista.
Estoy jodido. Estoy intentando construirme una vida y lo he ido posponiendo con una docena de excusas. He vivido en casa de mi madre. En piso de alquiler. En piso compartido. He pegado un poster en una pared en veinte años. Y ahora puede que por fin tenga paredes que pintar. Posters. Un sitio donde colgar una bici. Una vida que de verdad sea mía.. después de tanto tiempo vagando por el desierto. Y me da miedo. No soporto la rutina de oficina-metro-casa, como decía Clemence, pero también estoy cansado de vagar perdido por habitaciones vacías. Decía Rali que las mujeres son las que hacen los hogares y, parte de la tragedia de volver a Madrizzz y verte más solo que la una es esa. Que mujeres, ni las hay, ni se las espera.
Solo hay que hacer callo. Esto es un cambio de marcha... y a por lo siguiente. Pero lo difícil, como cuando uno lleva un rato corriendo y pasa de aerobico a anaeróbico, son las transiciones. Brace yourself.
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