miércoles, 27 de julio de 2016
Notas sueltas sobre el deseo
Llevo unos cuantos días algo melancólico, probablemente por la vuelta al trabajo, el fin de una época, el inicio de otra. Los cambios estacionales suelen hacerme eso. Normalmente, con la melancolía viene el recuerdo de tiempos mejores, pintados en colores sepia y un cierto patetismo. Recuerdos que aparecen en nuestra mente de otras maneras. Números y nombres que vemos en la agenda, en el móvil, en internet, y deseamos extender la mano y volver a tocarlos, como si fuera una lámpara que estuviera apagada y, tirando de una cadena, volviéramos a encenderla.
Es curioso como, a veces, nuestras lecturas y la música reafirman nuestro estado de animo. Sobre todo la música, cuando me siento alegre, inquieto, rebelde... siempre tengo una canción que le da otra textura. Ahora, leyendo a Mishima, el otro día me encontré algo que me asusto. Llevo purgando un recuerdo demasiado tiempo, ya va para medio año. El lunes en el Retiro volví a encontrarme en sitios donde no estaba desde que ella se fue. Este constante rumiar el pasado es ridículo y absurdo, un manerismo propio de otra época. Es el romántico que vive en mí, ese que desea explorar las emociones como si fueran un ente propio, como si se pudieran medir científicamente y, llevándolas al extremo, nos permitieran imaginar que estamos vivos. Que absurdo.
El caso es que, como decía, la cita que encontré fue la siguiente:
"Pero por pequeño que sea el coral posee su propia crueldad, grande y fría. "
Y me asustó, porque yo siempre me referí a ella como "serpiente de coral". Porque se te metía debajo de la piel y se incrustaba ahí, pudriéndote la carne, envenenándote, y al hacerlo ya se convertía en una parte de ti. Tenía dientes pequeños que clavaba para dejarte un recuerdo y, al hacerlo, su sangre tóxica se mezclaba con la tuya, rompiendo la piel que te protegía. Maldito Mishima, que bueno es.
Voy a otra cita de él, que me encontré esta mañana. Es asombroso como, desde Nietzsche, no recuerdo nadie que me haya provocado tantas sensaciones y a la vez aterrado así.
"Cuando más grande es la disciplina, mayor es la inclinación a la violencia. "
La negación provoca ansia de saciedad. Ese es el motivo por el que, al poco de encerrar a alguien, este comienza a sentir pulsiones sexuales. Prohibir algo es el modo más fácil de conseguir que se desee, porque actúa sobre la Voluntad de Poder del ser humano. Estamos diseñados para ejercer nuestro dominio y, cosa curiosa, el enfoque masculino del sexo contiene mucho de dominio. Al final esa crueldad, grande y fría del coral, significa indiferencia y desafío. ¿Cómo domeñar el deseo? Mediante la disciplina. Pero la disciplina provoca ansias violentas, que pueden ser saciadas mediante el deseo.
Condenados a la paradoja una vez más, rodando en espirales cada vez más profundas que llevan... a la nada.
Sigamos jugando con palabras. Estío y hastío se parecen mucho y, en este tórrido verano de noches insomnes, la voluntad de crear palidece. Yacemos mustios, sudorosas sombras a las que nos está prohibido el alivio del sol y el mar, nostálgicos del bravo esfuerzo. Las manos se muestran instrumentos torpes, ejerciendo tareas para las que no fueron diseñadas y, ajenas a todo tacto, inútiles. El alba nos sorprende, desmañados y curiosos y acudimos al trabajo, al desayuno, a las tareas carentes de sentido extrañando... ¿Dónde quedó el deseo? ¿En qué momento la mansedad nos emasculó, privándonos del ansia conquistadora de nuevos mundos, nuevas historias, nueva vida?
El espacio en blanco entre dos párrafos, donde se cruza la potencialidad con la vacuidad. El deseo, entendido como otra paradoja más.
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