lunes, 18 de julio de 2016
Sindrome Post-Vacacional Madrid
Hoy me he levantado-arrastrado a las seis de la mañana y he empezado el día como suelo. Luego he cogido la mochila, el traje y me he ido, sin prisa pero sin pausa, caminito del autobús. Por el camino he repasado algo que ya pensaba ayer según llegué de Sevilla.
Puente de Vallecas. Sin llegar a ser miseria (no estamos en una favela de ladrillos sin pintar y cañerías al aíre), se nota. Se nota la falta de dinero, de oportunidades, de esperanza. Se nota en la suciedad de las calles, en las caras cansadas, en el vivir al día. En la gente que se gasta su dinero en un móvil, en un coche, en un traje, como si pensara que nunca iba a ganar algo más y que, mejor disfrutar ahora, antes de que definitivamente se apaguen las luces y vuelva la soledad, el buscarse la vida, la tristeza.
El caso es que me monto en el bus, saludo al conductor (esa, mi cruzada particular, está perdida) y me siento. Y voy viendo a mi alrededor. Es cierto que son las siete de la mañana, pero hay dos cosas de Madrid que no le voy a perdonar nunca.
Que no haya gente guapa. Que no haya alegría.
Y es que es curioso, pero una cosa va con la otra. Rali decía que los españoles somos guapos, pero Rali no ha ido a trabajar a las siete de la mañana. Ya sé que habrá quien piense "Madrid no es el Puente de Vallecas" y "Bien podrías ir a trabajar a las ocho o salir de copas a las nueve". Pero, ni yo elijo mi horario (como no elegí venir aquí), ni tengo porqué enfrentarme a la hosquedad y mala educación que aquí pasa por "normalidad".
Pero curiosamente, estoy contento. Hoy me lo he pasado bien en el trabajo. He aprendido cosas. He arreglado algunas historias. Otras han ido fatal y estoy intentando ponerlas a funcionar. Iba a ir a un concierto pero... mucho lío. Porque esa es otra. De mi casa a la zona del concierto, una hora. La vuelta, otra hora. Y vivo relativamente cerca del centro.
Excepto mi cruzada contra Madrid, que es una guerra perdida, la vida es fantástica. He corrido. Me he reído con mis compañeros. He recibido una buena noticia. Y en general, me gusta donde y como estoy. Pero parece que, por más que lo intento, da igual donde viva. La felicidad siempre está en otro sitio, a unos cuantos cientos de kilómetros.
Menos mal que siempre nos queda la mochila.
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