jueves, 21 de julio de 2016
Pisos pequeños
Ayer leí en Jot Down, en un artículo titulado "Ellas mueren solas" - muy interesante y recomendable, por cierto - una estadística terrible. Al mes, veinte personas mueren solas en Madrid cada trimestre. Más o menos unas seis al mes. No son muchas en una ciudad tan grande como Madrid, donde la gente vive para sí misma y todo está tan lejos.
Llevo una semana en esta ciudad, excepto la escapada del domingo. En esta semana, he saludado a un colega que ha pasado por mi casa y he hablado con mi compañero de piso el martes. Exceptuando eso, no he tenido ninguna interacción social con nadie que no sea un compañero de trabajo. En una semana.
Vivimos vidas rápidas donde hay que consumir, ganar, ahorrar. Donde tenemos que dedicar nuestro tiempo consciente a producir o a formarnos para producir. O a evadirnos de producir. Desde el momento que nos despertamos hasta que volvemos a casa agotados tenemos una agenda apretada. Trabajo. Comida. Gimnasio. Encuentros cronometrados. Si el metro se retrasa, si hay un atasco, si el coche no arranca a tiempo... freak out. Nos ponemos psicóticos. Luego llega el fin de semana y, agotados, dedicamos un día a descansar. Otro a hacer todo lo que hemos querido hacer durante cinco´/seis días y no hemos podido. Y otro a lamentarnos de los excesos y a preparar el siguiente asalto.
Y eso lo hacemos en pisos pequeños, donde no cabe más gente que la que hay. Aislados unos de otros como vasos comunicantes, incapaces de saludar al conductor del autobús, de charlar con el vecino, de sentarnos en un banco a ver pasar la vida. De convivir e interaccionar, de forma que morimos solos, como vivimos solos.
Yo vengo del sur, de donde la casa sirve para comer, dormir y poco más, porque se vive en la calle. Se comen pipas en la plaza, se juega al fútbol en el campito, se hacen barbacoas en la playa.
Mi familia viene del norte, donde se vive en casa o, como mucho, en el bar como los ingleses arriba. Donde las comidas son de treinta en treinta y empiezan a mediodía y acaban al día siguiente.
los españoles somos gente sociable. En Bulgaria, una chica me comentó sorprendida como los españoles nos ponemos en una cola y, aunque no nos conozcamos de nada, enseguida empezamos a hablar entre nosotros. Nos hemos criado en el contacto con el prójimo, en grupos de amigos, en clases, en equipos. ¿Por qué a medida que nos acercamos a la vida adulta y la forma social pasa a ser la pareja, nos aislamos? ¿Por qué dejamos de lado el grupo, el espacio común, para vivir en pisos pequeños, ver la tele y dedicarnos a trabajar para comprar cosas que no necesitamos?
Hay que relacionarse. Hay que reconquistar el espacio humano. Y dejar de morir solos, consumiéndonos como velas en la oscuridad, agotada nuestra utilidad. Tenemos que escribir, crear, reír, compartir. Tenemos que vivir.
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