miércoles, 19 de octubre de 2016

Sobre idiomas y mascaras

Antes estaba haciendome la cena y pensaba que, en este mundo ultracomunicado, existen demasiadas barreras a la opinión y el concepto de "intimidad" es complicado de equilibrar. Sin ir más lejos, este blog es un espacio personal en el que escribo lo que me apetece, para consumo personal. Pero así y todo existen determinadas opiniones que no me atrevo a poner, bien por ser demasiado personales, bien por estar sometidas al juicio público de cualquiera que pase por aquí, lea y opine.
Ya hablé en cierta ocasión del concepto de "judgemental". Me parece terrible la facilidad con la que cogemos una información, troceamos la parte que nos gusta/interesa y nos limitamos a ella.  Hemos creado un clima en el que, en lugar de compartir libremente las ideas y expresarnos desde el respeto y la armonia, nos pasamos el día buscando motivos para sentirnos ofendidos o encontrar algo que nos separe. Es molesto, porque considero que un debate "conflictivo" es enriquecedor, pero no tengo tiempo ni ganas de enfrentarme a trolls que solo buscan una forma de satisfacer su ego, sus ansias de justicia o su necesidad de mostrar fidelidad al canon establecido. En "Piromides", Terry Pratchett mostraba de forma absurda como, una vez convencido realmente de algo, una persona no necesita una ley que lo domine. Él se convierte en su propio carcelero. A muchos que se nos llena la boca protestando de la dictadura de lo políticamente correcto y como en muchas ocasiones esa doctrina se ha salido de la realidad, no nos vendría mal dedicar un momento a plantearnos si lo nuestro no es más que una pataleta y una reacción.
Digo esto porque, sinceramente, me habría gustado escribir una reflexión sobre el brutal asesinato de una adolescente en Argentina y no me atrevo, porque me gustaría dar un enfoque alternativo y, en este tipo de temas, todo lo que sea salirse de la línea blanca de lo que marcan los medios y las opiniones es entendido como complicidad con los criminales. Y estaría interesante, opino yo, apartar la vista del cadaver y fijarnos en otras cosas, si queremos hacer una reflexión rica.
Pero no me atrevo. Y esa es una tragedia de nuestro tiempo.

La otra tragedia sobre la que quería reflexionar es como empleamos el idioma como barrera y, lo más preocupante, como no somos conscientes de ello. Actualmente la lingua franca es el inglés. Yo, que tengo amigos de demasiados países, cuando quiero compartir algo que considero interesante en FB u otra red social lo comento en español y en inglés. Es mi forma de decir "chicos, esto os puede interesar". Si lo pongo en español solo, entiendo que es porque un tema local que a ellos se les va a escapar. Aún así, de un tiempo a esta parte casi todo lo comento en ambos idiomas. No es un acto especialmente generoso por mi parte -para las parrafadas tengo el blog-, sino una mera cuestión de integración. Quiero que mis amigos que no hablan español participen de mis tonterías, opiniones, reflexiones, debates. Aunque en virtud de la primera parte de este artículo no me estiro mucho, a veces no puedo evitarlo. En cambio, concretamente en España, me encuentro con gente que elige colocar sus mensajes en idiomas regionales. No tengo nada en contra de la reafirmación de la identidad a través del idioma, yo mismo soy una persona con mucho acento. Curiosamente, en Madrid me he visto obligado a renunciar al acento y hablar un español "neutro" (o todo lo neutro de lo que soy capaz) por la incapacidad de la gente de esta ciudad de entender algo que no identifiquen como propio.
Tanto en un caso como otro, me encuentro con el idioma como una barrera y un desafío, lo cual me resulta agotador. Hace veinte años tener un acento exótico era algo valorado y viviamos en un país donde se celebraba su diversidad. Ahora vamos caminos de reinos de taifas lingüisticos, que no solo no se conocen sino que ni siquiera se entienden. Y me resulta sorprendente y un poco triste que la globalización, esa gran oportunidad para la Humanidad, vaya camino de ser una especie de Unión Europea; libre movimiento de capitales, pero incapaz de una verdadera unión política o cultural por nuestra ansia de afirmar una identidad mediante el conflicto.

Quizás es que hoy estoy un poco de bajona. Será el tiempo.

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