sábado, 1 de octubre de 2016
El lujo es privilegio
Hace tiempo que llevo dandole vueltas a algo que me intriga sobre mí mismo. ¿Por qué no me gusta el lujo? Es una cosa extraña. Todo el mundo a tu alrededor desea algo... y tu te preguntas porqué tu no. Aunque tengo una sospecha.
El año pasado en Inglaterra Jeremy Corbyn se hizo muy famoso de repente. La clave de su discurso era una palabra complicada de traducir: Inequity. La traducción más literal sería "desigualdad". Lo complicado de la traducción es que nosotros la desigualdad la entendemos como algo meramente económico, mientras que en el mundo anglosajón se refiere (de una forma bastante lógica) a una desigualdad legal, moral y económica. Es decir, no consiste solo en que el dinero esté repartido de forma parcial, sino que la posesión del dinero lleva aparejada una situación legal y moral de superioridad. Cuando Jeremy Corbyn protestaba contra la desigualdad no lo hacía contra el hecho de que unos tuvieran más dinero que otros, sino contra el hecho de que los que tenían más dinero estaban manteniendo una verja de acero en torno a sus privilegios, separando la sociedad.
Hoy me he perdido en el Aeropuerto de Barajas y me he visto en medio de la zona de pasajeros-vip. No es una zona especialmente limitada. Vas andando por un pasillo y, a la derecha, hay unas salas cerradas con un acceso. Yo buscaba el metro y, efectivamente, estaba ahí. Solo que desde la zona vip había una pasarela desde la que mirar a los que toman el metro, antes de salir a la calle donde un taxi o un coche les recogerá.
Pasando por ahí entendí mi problema con el lujo. El lujo, en su forma más cruda, no es más que esa pasarela por encima de los pobres desgraciados qeu cogen el transporte público. El lujo es privilegio. Es la manifestación física de tu superioridad económica, moral y legal. En un lugar por donde transitan miles de personas al día, el lujo es asomarse a la ventana y decir "mira esos pobres desgraciados".
Ese es mi problema con el lujo. Tener un salario mayor por una mayor cualificación o responsabilidad, que existan diferentes productos con diferentes niveles de calidad... eso me parece no solo natural sino sano. Entiendo que haya menús de diez euros y menús de cincuenta. Pero cuando el menú se va a los doscientos euros, ya hay algo raro ahí. La persona que se compra un coche con un cenicero de oro no está comprando un mejor producto; está dando un mensaje al mundo. Y ese mensaje es contrario a mi naturaleza porque, por un lado, no es práctico (ese oro gastado en la vanidad de una persona podría perfectamente invertirse en algo mejor para la comunidad) y por otro lado, es una falta de respeto a todos aquellos que no pueden.
Quizás, en esa mezcolanza de filosofías, creencias y estilos que me han ido cayendo a lo largo de años de viajes, lecturas y experiencias, me he vuelto demasiado estoico, demasiado espartano. A veces me planteo que clase de bloqueo mental tendré que me impide disfrutar de cosas perfectamente disfrutables. Pero en esto creo que tengo razón. En el punto en que la excelencia se convierte en privilegio, deja de ser para mi.
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