lunes, 28 de septiembre de 2015
En los brazos de la fiebre
Como me gustan las canciones de Heroes del Silencio. Que bien explican mis estados mentales, como conectan con mi ridícula y apasionada biografia.
Son días absurdos. Pero los días absurdos empiezan con un gesto, una tonteria, una actitud. Te bajas del tren y tu hermana, que iba a venir a recogerte, decide que mejor se va al centro a ver Semana Santa. Llegas a casa, comentas a tu madre de hacerse la cena y prefiere ver una peli. Y de repente tu, que clamas por atención, que llevas semanas y meses poniendote al final de la cola, te sientes agraviado y furioso. ¿Qué pasa? ¡Se supone que yo era la estrella! Y sacas las cosas de contexto y te comportas de forma ridicula y te enfadas. Y todas las emociones se exageran y te sientes a la deriva y te encoges y el miedo y la tristeza se cuela en tu vida...
Pero eh. Tranquilo. Que ya hemos tenido bastante de eso. Así que llegas a casa con una sonrisa y cuentas chistes y te ríes. Y te echas una siesta. Y te tumbas en la playa con un libro. Y te das cuenta de que la felicidad es algo muy simple, que está ahí. Que no te hace falta más que un sitio donde estés contento y estar a gusto contigo mismo. Y las emociones hacen un remolino dentro de ti y sabes que todo irá bien, porque de una forma o de otra siempre lo hace.
- Continua -
Y al día siguiente, más y mejor. Te despiertas dando vueltas en la cama. Aún es de noche, no hay prisa. Cuando vuelves a mirar el reloj el sol ya está saliendo. Bien. Te pones el bañador, te pones unas chanclas, das unos saltitos, bebes un vaso de agua. A la playa. Empiezas a correr. Te duele la cadera, te duele el gemelo, te duele... da igual. Sigues. Al cabo de un rato cambias de fase. Sientes que te ahogas, que no puedes más, pero ya lo conoces. Sigues corriendo. Tu cuerpo necesita menos oxigeno, te sientes genial. Haces más con menos. Sigues un rato más. Notas un dolor en los pies y decides tomartelo con calma. Aún estamos empezando y quedan muchos días. Estiras. El sudor cae por todas partes, el mar no cesa. Estiras las piernas, te metes en el agua. Demonios está helada. Cuando metes la cabeza debajo sientes que se te encoge el corazón. ¡Que bueno! Primeras brazadas. Sigues. Das una vuelta. Te tumbas boca arriba y dejas que el mar te abrace, te acune. Esto es estar vivo.
Y todo lo demás, las chicas, la soledad, el trabajo, el dinero... todo está lejos. Muy lejos. Y subes a casa y te duchas y desayunas y todo está bien. A por otro día. Esto es justo lo que necesitabas. Algo que te baje la fiebre, te coloque en tu lugar y arrastre la piel muerta, las emociones, la oscuridad que se enrosca dentro de ti y te mancha las manos y la cara.Y ya vuelves a estar listo para hacer tu magia, para reir, para crear, para pelear.
A veces, uno solo necesita recordar quién y qué es, para volver a ser poderoso.
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