lunes, 6 de mayo de 2013

Cierro los ojos y te veo


Hace unos días que vengo soñando, a veces despierto y a veces no, con una larga escala de subida. El puente está iluminado solo por la luz roja y el la pantalla que marca la derrota ciega al timonel. En el ordenador del multihaz, el cabo primero sigue a lo suyo, mientras el oficial vigila o dormita, no se sabe, en la silla del comandante. El mundo está en calma y todo tiene sentido, pero noto una presión, un vacio.
Salgo al alerón. La luna brilla, imposible neón a miles de kilometros de altura y el mar es negro y plata. La estela del barco se pierde, de la proa al costado, abrazandolo como una melena de espuma y un poco más lejos, apenas a unos metros, las olas dibujan un paisaje de humedas dunas. El ronroneo del motor es tan lejano como la conciencia y, en ese momento, sé que estoy en paz.
He abierto el album de fotos de palabras. He llorado como un niño pequeño. Tengo frío y me abrazo. La herida sigue abierta y sigo estando vivo, sigo siendo yo. Si puedo llorar recordando lo que te quise, si puedo darme cuenta de lo que he perdido. En las lineas de mis amigos y conocidos, gente con la que ahora, apenas tres años después, ya no tengo trato casi, puedo volver a leerte. Puedo vernos caminando de la mano por el paseo maritimo, yo encabezonado en que tu llevaras la silla y tu encabezonado en hacerme feliz. Puedo vernos sentados delante del ordenador, con el "bla bla bla" de los Sims que tanto te gustaban o el maldito pokemon, que me aburrió hasta el infinito. O con los videos sobre la segunda guerra mundial o mi jura de bandera.
Es curioso. Las peliculas americanas nos venden que el amor está hecho de grandes momentos epicos, pero es mentira. Si tuviera que hacer un album de imagenes, como esas que nos ponen en las que se vé al chico y a la chica enamorandose; paseando de la mano, tirandose globos de agua, haciendo una barbacoa juntos, viendo el atardecer en el porche... no se me ocurriría nada parecido a eso para nosotros dos. Recordaría como volvía de navegar y sabía que estaba en casa cuando tu gritabas "¡neneeee!". Recordaría el cansancio infinito que me entraba cuando tenía que ir a recogerte después de comer y como quería escaquearme. Recordaría sentarme delante de la tele intentando leer, porque maldito lo que me interesaba la tele, mientras tu partías una bolsa de plastico con los dientes. Recordaría levantarme temprano los fines de semana, a veces de modo propio, a veces por sentimiento de culpa, con tu madre protestando siempre porque no la ayudabamos -ella es así-, mientras te cogía en brazos después de que ella te cambiara el pañal.
Demonios. Tres años. El primero todavía moló, dentro de la locura que fue. Y estos ultimos dos... ¿qué estoy haciendo para honrar tu memoria? ¿En qué hago mejor el mundo, enterrado en vida, tanto que hasta me he olvidado de lo que tu significabas y significas? Realmente estoy lejos de la gloria de Dios, en este sitio donde ni siquiera me llega tu recuerdo y apenas el del abuelo.
Pero esto no va a quedar así. Yo soy lo que soy, lo que tu me enseñaste a ser. Y no voy a perderte. No voy a perder el mar. No voy a perder el heavy. No voy a perder esas cosas que me identifican, que me hacen ser lo que soy. ¿Qué no tengo amor? ¿Y a quién pretendo engañar? Desde que tu te fuiste, supe que lo más a lo que podría aspirar en la vida era a una triste imitación de lo que tu y yo tuvimos, para pasar el tiempo hasta que nos volvamos a ver. Quizás por eso me he resistido tanto a verme enredado, quizás por eso nunca he ido a por una chica en condiciones, sino siempre a por aquellas que consideraba pasatiempos. Quizás por eso no he querido, ni he dejado que me quieran. Pero todo eso da igual. Lo importante ahora, pequeñajo, es que te he reencontrado por un momento y sé que nos volveremos a ver. Y si tengo que pasar sumergido semanas y meses hasta poder volver a llenar de historias el cuaderno que te enseñaré cuando nos veamos, lo haré. Por ti. Porque eres lo mejor que me ha pasado ni me pasó nunca, porque tu me enseñaste a no tener miedo, a creer, a luchar. Porque te quiero, piltrafilla. Y sé que, donde quiera que estés, ahora mismo me estás sonriendo. Espero que con el abuelo cerca, porque no sabes las ganas que tengo de veros a los dos y lo muchisimo que os quiero.
O quizás si que lo sabes, como siempre parecías saberlo todo sobre mi.

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