sábado, 25 de mayo de 2013
Que no te guste demasiado
Hace un rato estaba reflexionando sobre porqué hay gente que encuentra un placer perverso en mandar. Antes pensé que las mujeres lo disfrutan porque les recuerda a la infancia, cuando organizaban la vida de Ken y Barbie como dioses omnipotentes. Posteriormente los chicos hariamos cosas parecidas con nuestros Gi-joes, he-man y demás juguetes americanos. En cambio, muchos de nosotros que disfrutabamos de esos juegos somos reluctantes a imponer nuestra voluntad sobre los demás.
¿Por qué? Yo pienso que existe un factor de responsabilidad importante. No me fio de una persona a la que le gusten demasiado las armas. Tampoco de una persona a la que le guste demasiado imponer su voluntad. En general pienso porque parten de una cierta banalización de cuestiones que, a mi al menos, me resultan muy serias. Y en parte porque me planteo que, si tienen tanta facilidad para desechar cuestiones de seguridad en ese aspecto, quizás también desechen otras.
Existe otro aspecto sobre el que estaba pensando. La honestidad de dicho autoritarismo. Existe gente que imponen su voluntad para ganar algo y gente que impone su voluntad para compensar un vacio interior. No sé cual me disgustan más. Las primeras son frías y calculadoras, mientras que las segundas por regla general son inconscientes y no comprenden porqué su conducta provoca rechazo. Ahora mismo estoy pensando en dos ejemplos concretos. Por regla general, disgustandome ambas personas (ya he dicho que no me fio de aquellos que están deseando decirle a los demás lo que deben hacer), considero menos molesta a la persona que simplemente vive en Disneylandia que a aquella que está deseando ganar puntos. Pero de una forma o de otra, considero que cuestiones como estas deben ser evaluadas con la cabeza muy fría y mucha distancia, porque toda acción conlleva una reacción y muchas veces nuestra autoridad para imponernos es inversamente proporcional a nuestra capacidad para discernir la necesidad de dicha imposición.
Y por ultimo, pensar que muchas veces es mejor el poder tras el trono que el rey que está a la vista de todos. Dependiendo del escenario, claro.
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