domingo, 13 de abril de 2014
Caminando sobre mis huellas
Me doy cuenta de que mis pies no han crecido tanto. No soy el que fui, es cierto, pero tampoco soy tan diferente. Simplemente he subido de nivel. La casa que empecé a construir de tu manita, prueba y error, mezclando sonrisas y mordiscos, ha ido cogiendo forma y ahora se puede vivir en ella. Aún está vacia, por amueblar. Falta colgarle cuadros e historias, muebles y risas, lagrimas, peleas, reencuentros. Falta hacer arder la cama y hacerse un ovillo en el sofá, hacerle el amor a un libro, bailar con los pies descalzos. Faltas tu. Stein um stein, ich baue dir ein Haus.
Pero he aprendido muchas cosas. El camino ha sido muy largo. Los primeros pasos son titubeantes y luego poco a poco vas cogiendo ritmo. He disfrutado de Nietzsche, he saboreado el cristianismo en las palabras de Rabanal, un poco de Buda ha pasado por mi, he contemplado el islam, he retozado en Solzhenitsin. He subido de nivel. Pero en el fondo sigo siendo el mismo niño perdido que mira a las estrellas y se pregunta quien vivirá ahí arriba. Y me gusta serlo.
Una de las mejores cosas que he aprendido en este tiempo es a perdonar y saber perdonarse. Sobre todo lo segundo. Hace falta un cierto valor para mirar a los ojos a la vida y asumir que no siempre vamos a estar sanos, no siempre vamos a ser jovenes, no siempre vamos a vivir. Hay que asumir el precio de la libertad. Entender que todo lo que queremos, debemos estar dispuestos a darlo y más. Que la estabilidad no surge de la nada, sino que se construye día a día. Y que no le puedes poner condiciones a la vida. Ese es el precio de la libertad. Asumir que no siempre tendrás lo que quieres, ni siquiera aquello que crees que te mereces o que es apropiado. Hay que entender que la vida tiene su ritmo y dar un salto al vacío. Asumir que las cosas surgen o no surgen,que si quieres que algo pase puedes construirlo o dejarlo surgir... Pero que el origen va a condicionar el desarrollo. No puedes querer construir el cielo.
Ayer me di cuenta de cuan diferente soy del resto de la gente. Y eso no es ni bueno ni malo. No existen demasiadas cosas buenas ni malas, simplemente más hechas a un determinado entorno y unas determinadas condiciones o a otras. Me gusta lo que soy. Como cuando de pequeño ponía la mano dentro de la de mi abuelo, ahora pongo mi mano sobre mi huella y reconozco que he cambiado. Pero que soy el mismo. Que sigo siendo orgulloso, testarudo, luchador, creativo, loco. Que sigo queriendo ganarme todo lo que tengo, que sigo queriendo compartir con la gente que se lo merece, que sigo queriendo llenarme los ojos de vida, los brazos de abrazos, la memoria de historias. Que te sigo queriendo. Y que cada día muere el sol y al día siguiente el mundo vuelve a nacer, y que hay que hacer que merezca la pena.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario