martes, 19 de marzo de 2013

Farewell to childhood


Existe un momento en la vida, para todos, en el que decimos adios a la infancia. Ese momento tiene una forma muy concreta: bajas los brazos. Para mi, la infancia se representa con el sentimiento y la sensación de que hay un futuro mejor. Con la fé incondicional en ese futuro, con la capacidad para soñar y abstraerse, con la curiosidad infinita. La infancia interior, para mi, es imprescindible para vivir plenamente.
Aún así, como digo, hay un momento en que le decimos adios. En mi caso, fue hace un par de semanas y me he dado cuenta ahora. Como cuando uno está corriendo, no es hasta que se enfria que empieza a notar los dolores. Y al cabo del tiempo, como una mutilación, te duele una parte del cuerpo que ya no está ahí. Aún así una parte de mi, indomita e irreductible, testaruda, se niega a asumir que la esperanza se haya ido para siempre. Está dormida, esperando su momento y volverá.
Pero volvamos a la perdida de la infancia. Es más bien una perdida de la ilusión. ¿Qué es el amor? El amor es una sensación compartida, a la vez que el sentimiento más egoista e inmisericorde que existe. Al menos en mi, claro. Yo creo que el amor es como el mar, todos lo miramos pero cada uno vemos una cosa diferente. Un poco como el test de Rorschach, en el que uno vé una vaca y otro un descapotable pero solo hay unas malditas manchas, el amor es una palabra que engloba demasiadas cosas me parece a mi.
Para mi el amor es música. A veces es Iron Maiden, otras veces es Sepultura, algunas veces es Jamiroquai. A veces es Rammstein. Ahora mismo escucho Sting y recuerdo. Pero solo recuerdo, porque he renunciado a toda esperanza. Me he rendido. Es una sensación extraña la de bajar los brazos, pero es lo que me ha pasado. Supongo que por cansancio. Decía Balzac creo que fue que "conformarse es suicidarse cada día". Que gran frase. Pero yo soy un maldito muerto viviente. Ya he respondido a la pregunta "qué soy". Antaño fui un vampiro. Ahora, apenas soy un zombi que arrastra los brazos por la vida en busqueda de cerebros que le permitan tirar un poco más, un poco más... estoy embrutecido. He perdido la capacidad de sentir la belleza en un paisaje, en una idea, en una persona. Solo me quedan los impulsos, los estimulos más animales capaces de atravesar la capa de espuma que envuelve mi alma, que ya no sé ni por donde debe andar. He renunciado a ser la rana que se burla de la princesa mientras se rie con los colegas, porque ya casi no quedan colegas (otra de las consecuencias de hacerse adulto). Ahora veo porno y me consumo por dentro, mientras la frustración da paso a la ira y solo el deporte me permite olvidarme de mi mismo un rato.
Bueno. Ya pasarán las nubes y saldrá el sol. Y, ¿quién sabe? Quizás volveremos a jugar con las palabras. Pero toda herida, toda lesión, deja una marca en el alma y nunca se curan del todo. Save me tonight? Ya me temo que estoy más allá de la salvación.

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