martes, 26 de marzo de 2013

Una carrera por Carraca


Hace algunos años fui un par de veces al muelle de Carraca de guardia. Cogía el tren y, con mi petate al hombro, hacía ese tramo andando. No sé cuanto será, puede que tres kilometros, pero se me hacían eternos. Recuerdo quedar con gente para que me acercara en coche desde la estación de trenes hasta el barco y recuerdo la sensación de que era una distancia enorme y un tramo aburridisimo.
Después entré en la Esubo. Ibamos a correr por allí. Dejabamos a la izquierda el puente y seguiamos por una pista de tierra. En aquella epoca estaba lesionado y cada día que iba a correr era un sufrimiento. Contaba los pasos y soñaba con que acabara esa tortura, ansiaba no volver cojeando y apretaba los dientes para intentar un poco más, mientras los compañeros pasaban a mi lado con miradas entre la conmiseración, la lastima, el desprecio y el aliento. No sé cuales me molestaban más.
Hoy quise ir a visitar el barco. No tengo coche en Cádiz ni quería poner a nadie en el compromiso de acercarme. Ayer decidí que, si me levantaba bien, trotaría. Y esta mañana me he levantado una hora antes de que sonara el despertador, he comido algo del bizcocho de mi hermana, me he puesto las zapatillas de diez euros del Decathlon que tengo en casa y he empezado a rodar. Según iba para la estación de tren me he sentido fatal. No me movía comodo, respiraba mal... ¿Qué estaba pasando?
Llegué al tren y saqué el ebook. Habré empezado demasiado fuerte. Leí un poco, observé a una mujer maquillarse, observé el paisaje. Ha llovido bastante en Cádiz este invierno y está bastante verde, para el habitual desierto marrón que suele ser. Me gusta así. Subí la escalera mecánica y me quité la sudadera. Mejor pasar un poco de frío por la camiseta al empezar que no sentirme acalorado antes de hacer nada. Arranqué. Al principio las zancadas eran extrañas, comicas. Luego empecé a sentirme muy comodo. Un paso sucedía a otro y no tenía claro el ritmo, al no tener una manada de referencia no me orientaba. Pero seguí. De repente estaba doblando la esquina y pasando enfrente de la Esubo. Sonaba el teléfono, demonios. Contesté, estoy esperando envíos de cosas importantes. Lo resolví, lo dejé y volví a trotar. Ahora iba incluso mejor. Me planteé llegar al puente. Lo pasé sin problema, ágil. Empezaba a sudar y mi respiración se alteraba, pero era poca distancia. Vi el portico a lo lejos y me planteé llegar. Sin problema. Según llegué al portico estaba algo acelerado y ahí era donde acababa mi circuito, pero me sentí decepcionado. ¿Solo eso? No había ni siquiera empezado a correr. Eso era un calentamiento un poco enérgico. Estiré y esperé. Seguí esperando, así que me puse la sudadera para que no me cogiera el frío.

Entonces me di cuenta de lo que había pasado y de lo que había hecho. Me había superado a mi mismo. Una barrera que me inquietó durante meses estaba ahí, atrás. Lo había hecho, sin darle importancia, y podía seguir adelante. Como cuando aprendí a nadar, me di cuenta de que había conseguido traducir a mi lenguaje interno, esa musica personal que suena en nuestro interior y que somos nosotros, las notas de las canciones de otras personas, otros lugares, otras situaciones. Me di cuenta de que había aprendido, según esa teoria que le comentaba antes a Román:  Cuando dejas de seguir las definiciones de los demás y situas las tuyas propias, significa que has interiorizado el acto y el proceso que lleva al acto. Por así decirlo, cuando cruzas la barrera de las palabras y pasas del "ellos" al "nosotros".
Así que me siento bien. He vencido en esa pequeña prueba personal, que no significa nada. Mañana me levantaré e iré a rodar por la playa. No por las pruebas, ni por mi salud, ni para demostrarme nada... iré a rodar porque me apetece. Porque quiero disfrutar de la sensación de movimiento, porque quiero celebrar que estoy vivo y que mi vacio interior no ansia ser llenado. ¿Por qué? Porque puedo. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario