miércoles, 27 de marzo de 2013
Y miro al norte
Y se me va la cabeza. Corro por la playa, esquivando monticulos de sal como no había visto nunca en mi vida. Todo cambia, aunque en esencia es igual, hasta que incluso esa esencia es devorada por las fauces del cambio y no reconocemos nada. El sudor se pega a mi camiseta pero no gotea, ¿quizás porque no estoy lo suficientemente cansado?
El problema de vivir en el tiempo presente es cuando la melancolía romántica se cuela en los huecos de la armadura. Cuando estiras las piernas en el agua salada y sientes los pinchazos de los musculos al relajarse, ese dolor placentero y dulce y la recuerdas. Cuando recuerdas su actitud, su forma de ser, su voz, su sonrisa. Otro dolor placentero, la nostalgia, ese placer morboso que nos autodestruye.
Doy la espalda al mar y mis pies doloridos se hunden en la arena mientras avanzo. Me permito una sonrisa de lobo, ¿cuantas veces vinieron por este camino los problemas? Del mar arriba. Y me giro y miro atrás y me siento bendecido por esta tierra, seca y aspera, hecha de sal y sueños, que ya hace tanto supe que ya no era la mia. Y con un suspiro agradecido, vieja amante a la que quise y aun quiero, me volví y seguí subiendo hacia la siguiente estación de este proceso de reorganización de mi vida, solo, en el que voy dejando pasar las hojas del calendario.
Y curiosamente la echo de menos. Pero la echo de menos como ella hace las cosas, sin darle mucha importancia. A lo gallego. Existe una norma no escrita en mis tratos con mujeres. Ellas no me hablan, no me buscan, no me llaman, hasta que la tensión de la separación es insufrible. Ese punto en el cual existe la duda de si se romperá, de que dado que yo hace mucho que no les hablo, si ellas no hacen algo puede que nunca haya una siguiente vez. Es un juego extraño y desagradable para mi y uno de los motivos por los que conozco a tanta gente y me relaciono con tantos. Nunca pongas todos tus huevos en la misma cesta. Porque al contrario que la mayoria de la gente, yo me nutro del contacto social de una forma compulsiva. Es una de mis enfermedades mentales y una que no me gusta. Siento mucho más la ausencia que otras personas, si bien he aprendido a dosificarme mi droga de trato humano. En esta mi ultima encarnación estoy aprendiendo a tener paciencia, sobre todo gracías a ella. Mi colega Jose decía el otro día que parece ir despacio. Eso me encanta, porque yo siempre parezco ir demasiado rápido. Es mi equilibrio y en este momento, esta pausa para tomar aire, dormir y reflexionar, agradezco que esté en mi vida a su aire. A su estilo y manera. Y aunque la tensión del momento me desgaste y viva el presente, sabiendo que vivo aquí y ahora y que todo eso es parte de otra vida, recuerdo y sonrío. Porque a veces, y esto lo aprendí de Raquel la Portuguesa, hay una tristeza que es hermosa. Y por eso dedico un momentito a mirar al norte.
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