martes, 12 de marzo de 2013
Play rough (like children do)
Una cosa que siempre me ha sorprendido de los enanos es su capacidad para reducir todo al mínimo común múltiplo. Plantearse todo sin prejuicios, desde una perspectiva fresca y nueva y aceptar las cosas como son, sin perder demasiado tiempo en plantearse nada más allá del siguiente estímulo. Me fascina.
Hoy, según llegaba a la escuela, estuve charlando con un compañero sobre chicas interesadas. Ese tipo de muchacha que se pega al que tiene el coche tuneado, el reloj de oro o que, directamente, la invita a copas (sí, aunque parezca mentira, a veces funciona). Yo conté el caso en el que me lié con una chica que inconscientemente piensa así. No es algo ofensivo para ella. Es una cuestión cultural. Una vez una mujer me explicó que, dado lo facilmente que una mujer sube la autoestima de un hombre mediante el sexo, este debe hacer algo para gratificar ese sentimiento. Mi amiga hablaba de bombones, flores o cualquier otro sacrificio religioso a la hembra fertil que nos proporciona sexo. En ese caso era más importante el gesto que el valor en sí, pero como todo exvoto el valor del mismo era directamente proporcional a su importancia.
Volviendo al caso del que hablaba, esta chica ha recibido interesantes viajes de otros pretendientes. La han mantenido. Le han hecho regalos caros. Y la verdad, no me sorprende porque la chica realmente lo vale. Entonces me pregunté, si yo no le regalé nada... ¿qué demonios debió de ver en mi? Yo no soy un chico joven y guapo. No tengo dinero ni una posición. Por no tener, ni siquiera tengo apellidos importantes ni planes de futuro. Solo soy lo que veis.
Estoy en plena fase de autoanalisis. Tras una serie de fracasos siempre viene un periodo de incertidumbre, de inseguridad. ¿Qué estará mal conmigo? He renunciado al mercado. He renunciado a la esperanza. O como le decía esta tarde a un compañero, he renunciado a mi pene. No fisicamente, por Dios que eso tiene que doler mucho (además ya demasiado aguda tengo la voz como para ponerme a manipular mi aparato reproductor), sino desde un punto de vista espiritual. Así cuando alguien critique comportamientos femeninos por mi parte - y tengo unos pocos -, tendré una excusa a mano.
Pero ya basta de autoflagelación. Porque recordando a esta chica, me he dado cuenta de una gran virtud mía. Mi capacidad para actuar como los niños. Para valorar a una persona más allá de su contexto, de su aspecto, de su presencia, de todo. El otro día me decía una chavala muy especial que me recuerda en un tren, hablando con ella y observandola como si quisiera leerla. Y que creía que yo era muy bueno haciendo eso, leyendo a la gente. Es cierto. Se me da bien observar a alguien y descubrir muchas cosas sobre esa persona, porque parto de una visión sin prejuicios. Juego duro, como juegan los niños. Y a esa chica, esa gloriosa chica de portada de revista, estuvo conmigo porque la desafiaba. Porque mi actitud, mi intelecto, mi respeto por mi mismo... era algo que ella tenía que conquistar. Y a mi me encantaba esa lucha, me encantaba ese orgullo, esa picardia, esa inteligencia afilada. Alguna vez lo he intentado pero no funciona. La chica más guapa del mundo me aburre si no supone un desafío a mi curiosidad, a mi sentido del humor, a mi visión del mundo, a mi actitud. Quizás por eso le gustaba. Porque su físico, a pesar de encantarme, era secundario con respecto a todo lo demás. Porque yo, como los niños, vivía (y vivo) aquí y ahora. Y porque, al igual que los niños, yo juego rudo.
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