viernes, 8 de marzo de 2013

Magisterio

Hoy ha sido un día extraño en la escuela. Los viernes suelen serlo, para que nos vamos a engañar. El lunes, en la charla de la semana tuvimos un momento un tanto extraño que ha traido cola. Resulta que algo se interpretó como un pique por falta de compañerismo. Los profesores, que no son tontos y llevan tiempo viendolas venir de un lado y de otro, intuyen que algo no va bien y no se equivocan. Así que hoy tuvimos una sesión grupal sobre compañerismo. Dos compañeros, uno de ellos gran colega mío, prepararon una exposición y plantearon un debate. Fue... interesante. Es el tercer debate en dos días. Yo en algunas cosas soy muy nazi, y por ejemplo considero que las opiniones politicas que tenga un militar se las debería callar. Aún más habiendo cíviles delante. Tampoco me gustan los aplausos de uniforme, que me parecen una falta terrible a la sobriedad y al estoicismo que se le supone a un militar. Pero bueno, eso son criterios esteticos míos que no tienen nada que ver con el tema de hoy, que me resultaba interesante.
Mi compañero Carlos planteó cuestiones que son muy interesantes. En primer lugar, que el respeto a los demás pasa por el respeto a uno mismo, y que no se puede exigir algo que no se da. Y en segundo lugar, que si uno no reflexiona y dedica un tiempo a plantearse quién es, de donde viene y a donde va, nunca va a saber exactamentedonde anda. Son cuestiones importantes por las que la gente ha pasado de puntillas, porque como siempre todo el mundo estaba demasiado ocupado en hablar y demasiado poco ocupado en escuchar. Pero ese no es mi problema.

Voy a comentarles algo sobre el magisterio. Siempre he admirado profundamente a mis profesores. Considero que una de las cosas más difíciles que hay en la vida es enseñar a los demás, porque no solo tienes que enseñar algo: también tienes que hacerlo atractivo. Cuando hablamos de conocimientos, experiencias y principios la cosa es aún más difícil. Es imposible enseñar algo así cuando no lo experimentas y vives de acuerdo a ello. Hoy escuchaba a mis compañeros y pensaba en mi abuelo, en como me hizo a su imagen y semejanza... simplemente siendo él mismo. No me sentaba en sus rodillas y me daba clases magistrales, no. Yo lo veía y lo admiraba, y quería ser como él. Es tan fácil como eso. Como dije esta tarde a un compañero, una persona que es rica no necesita decir que es rica. El mundo lo sabe solo observandolo.
Dado que admiro mucho dicha profesión y que la considero tan difícil, libreme Dios de opinar sobre si mis profesores aciertan o se equivocan. Pero ahora estoy de civil y puedo opinar, y voy a hacerlo sobre el tema. Me parece fantástico que se vuelquen en esto. Me parece fantástico que quieran que la brigada funcione y que cojan para ello a gente como Carlos, al que yo veo como un ejemplo. El problema principal es que para poder enseñar, el alumno tiene que querer aprender. Y tiene que reconocer que no sabe. Entre mis compañeros hay gente que no puede desarrollar la confianza ciega que se necesita para el verdadero compañerismo, porque no confían en si mismos. Para ellos el esperar lo peor de los demás es una solución natural. La hipocresia les surge espontaneamente, porque consideran que hay cosas que no se pueden decir.
Así que tan encomiable misión está condenada desde inicio. Con gente así lo más a lo que uno puede aspirar es a minimizar perdidas. A que no salpiquen, a que aprendan a callarse. ¿Pero que confíen? No lo van a hacer. Es como querer explicarle el color blanco a un ciego. Y sin honestidad no hay confianza y sin confianza no hay compañerismo. Porque yo nunca tengo la fé absoluta de que mi compañero mira por mi y yo por él. El compañerismo se basa en la lealtad, que definiera mi comandante de brigada con aquella gran frase: "Si a mi alguien me viene hablando mal de ustedes, yo le tengo que partir la cara porque sois mis chavales. Y si alguien os viene hablando mal de mi, espero que le partáis la cara."

Otra cosa muy interesante que escuché hoy es que no conocemos nuestros limites. A mi lado alguien apuntó que no tenemos limites. Eso es falso. Claro que los tenemos, pero normalmente paramos mucho antes. Por comodidad, por pereza, por miedo. Realmente podemos optar a la grandeza, la cuestión es: ¿cuanto de nosotros estamos dispuestos a dejar por el camino?
Ahora bien, yo en ese sentido lo combino con lo que dijo Carlos. Con mirarnos en el espejo y respetar a la persona que tenemos delante. Hay un mínimo al que no podemos renunciar. Hay una actitud... que es lo que nos define, lo que tenemos que ser. Y conformarnos con menos que con eso es traicionarnos y traicionar a la gente que confía en nosotros y espera grandes cosas. Así que nada de encogerse y decir "no puedo". Dí mejor "no quiero". Que yo lo hago bastante, no creerse. Llego a un punto y digo: aquí me quedo. Y me dedico a hacer otras cosas que considero más interesantes. Pero eso es decisión de cada uno.

Para concluir, os diré que me lo pasé bien. Me gustó la charla. Y aunque yo no dije nada, ni Victor, ni Vero, ni tanta gente que podría levantarse y dar lecciones magistrales, yo me lo pasé bien. Porque realmente las virtudes morales tienen un problema, y es que son difícilisimas de enseñar. Por eso admiro tanto a quién decide intentarlo. Yo he sido profesor de niños y no sé si podría enseñar en la escuela. Pero me parece admirable su trabajo.

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