lunes, 4 de marzo de 2013

Muñecas ensangrentadas


Hoy es un mal día. La mezcla de lunes, sueño, dolor de cabeza, hambre y soledad sienta mal. Ayer además fue un buen día, con el consecuente bajón matutino y vuelta a "la realidad", como decían May y Patri y me niego a asumir. Si a eso le sumamos que por días me siento más inutil, pues voy a aprovechar para contarles una historieta que ayer me recordó una amiga. De forma bastante casual, e incluso me dio argumentos nuevos sobre algo que para mi siempre fue un misterio.

Veréis, yo tenía un camarada. Entre todos el mejor. Mi camarada era bastante aventurero e inquieto, pero no tenía un duro como buen estudiante. Quería viajar por el mundo, aprender cosas y tal. Entre sus planes estaba irse a Alemania a trabajar cuando acabara el ciclo que estudiaba. Para ello estaba empezando a estudiar alemán y conociendo gente de ese pais por internet. Una de dichas personas resultó ser una chica muy intensa, gotica, que escribía poesia. Una chica solitaria, muy inteligente, divertida, sensible. El tipo de piba que, o es fea, o está loca.
Pues no. No era fea. Cuando mi amigo llegó a Alemania a pasar una fría navidad con la familia de la compañera se encontró con que no era fea. Y una chica inteligente, divertida, sensible y muy guapa que te adora no es algo que pase todos los días. Mi colega metió fichas. La chica aceptó, reculó, y en una escena de drama terrible le dijo que no estaba preparada. Mi colega tenía veinte años. La chica, quince. Así que mi colega se encogió de hombros y dijo "vale, me quieres como amigo. Son cosas que pasan". Pero no era eso. Era un "no estoy preparada". Y eso con confianza, tiempo, paciencia... se puede ir superando.
Mi colega hizo lo que pudo. Y se encontró con un muro de frustración, silencios, miedo y racismo. El argumento de la madre de ella "no eres alemán, no puedes entenderlo" se quedó grabado a fuego. También esa mirada rota, ese "lo siento", incapaz incluso de rechazarle. Algo tan incomprensible, tan extraño.
El tiempo pasó. Mi camarada siguió con su vida. Conoció a otra gente, hizo otras cosas, pero siempre recordó eso. Le cogió miedo. No podía coger de la mano a una chica si esta no se lo demostraba claramente. Se juró a si mismo que nunca volvería a sentir esa mirada, esa acusación silenciosa. Ese "me estás haciendo daño" de ojos de alguien a quién uno quiere.
Como decía antes, el tiempo pasó. Y un día mi colega conoció a una chica y decidió que tenía que acabar con esa parte de su pasado. Ya había escrito varias cartas a Alemania, pero escribió otra más. Esto tenía que acabarse. Lo que fuera necesario, pero él cumpliría su penitencia. No sabía que daño le había hecho, pero estaba dispuesto a asumir su responsabilidad como un hombre.
Recibió una carta. Y dos fotos. Dos fotos donde se veían unos antebrazos cubiertos de sangre y de cortes, fruto de una niña herida que se había convertido en una mujer herida. Responsabilidad. ¿Mi camarada quería una penitencia? Ahí la tenía. Los cortes eran su culpa. La vida rota de esa chica era su culpa. Él, que quiso besarla, provocó eso. Un gesto de cariño, un juego, provocó años de sufrimiento.

Es absurdo. Cada uno es responsable de sus actos y solo de sus actos, la demencia no puede prevenirse. La chica tenía un problema, y nunca he aceptado la excusa de la edad, ni la madurez, ni la cultura. Ese "tu no eres alemán, no puedes entenderlo" condenó toda posible empatía. Y sin embargo... cada vez que mi colega me cuenta la historia veo tristeza en sus ojos y veo algo que está roto ahí. Veo algo que nunca se volverá a formar y como la confianza, ese objeto tan valioso entre alguna gente, es aún más valioso para mi colega. Comunicación. De mi colega aprendí que, si alguien no tiene valor para decirme algo a la cara, no merece estar en mi vida. Soy una persona de extremos. O confianza o no, pero no me sirve hurtar el cuerpo. Algo que curiosamente yo hago mucho. En mi descargo diré que para mi, hurtar el cuerpo es una medida radical. Cuando se ha intentado todo lo demás y comprobado que no funciona, entonces uno hurta el cuerpo. Pero quiero verdades dolorosas, mejor que silencios complices. Porque solo la herida honesta, dura y afilada de una verdad cortante a veces permite que la sangre fluya y se cure, mientras que los silencios cobardes y oscuros solo nos dejan preguntas, que generan miedo. Y ningún enemigo real es peor que el que engendran nuestros miedos y pesadillas.

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