viernes, 15 de marzo de 2013
Hambre
Gracías señor por ponerle nombre y apellidos a ese oscuro objeto de deseo. ¿Me engaño a mi mismo? Seguramente. Pero te temo y me temo. Te observo y me alegra el día. Tu sola presencia me hace vibrar, tu forma (tan netamente solida, tan imposiblemente real). Tu certeza, tu fortaleza. Eres como una montaña, hermosa e inalcanzable.
Me deshago. Te observo y siento ebullir en mi interior cuanta pasión enterrada escondo. Las mascaras se caen y ante mi mismo me observo como lo que soy. Un ser imperfecto, esquivo, hecho de realidades contrastadas y oscuridades fugitivas, mentiras que conducen a promesas que conducen a mentiras, en una matriushka de historias y personalidades que me esconden de mi mismo. Ante ti, no puedo ser nadie más que yo. Yo y mis impulsos.
Y te temo. Por eso no te puedo hablar con libertad y solo desde la distancia las palabras suceden a los pensamientos, que explotan en una voragine de sensaciones, colores y sonidos en negro sobre blanco. Por eso te sonrío tras unos días y quiero tocarte, pero temo no poder parar una vez empiece. Palabras. Tengo una vida hecha de palabras, que son simbolos, que son conceptos, que son ideas. Estamos hechos de ideas que dan forma a la arquitectura de nuestro mundo. Nuestras relaciones, nuestros deseos, nuestras inquietudes.
Deseo. Te observo desde dos metros y me dejo hipnotizar por la forma de tu cuerpo. Observo tus dientes de reojo cuando sonríes, observo tu nariz que me hipnotiza, observo tus ojos sabios, ojos profundos, ojos eternos. He intuido tus garras y me gusta desengañarme, poco a poco, como si tu personalidad se desnudara ante mi en una danza sensual. Caigo. Caigo en una espiral en la que tu surges, me deslumbras, me iluminas. Eres ese faro que está a lo lejos, que me enseña el camino pero que, si algún día lo alcanzo, será mi muerte. Y yo como una luciernaga atraida por la luz vuelo una y otra vez hacía ti, detenido en el último momento por un instinto de conservación demasiado fuerte. Soy una partícula de metal entre dos polos de irresistible atracción magnetica.
Y vuelvo a mi rutina. Vuelvo a la oscuridad y a enredarme, al claro de luna, al espacio que queda entre la palabra y el aliento que tomas para formarla. Vuelvo a ser un fantasma, un imposible. Disfruto de mi ambiguedad, de ser sí y no y todo lo contrario. Pero mientras, desde dos metros, te observo y sé que te deseo con un ansia feroz. Y me regocijo en ese deseo.
Siento, luego estoy vivo. Gracías.
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