Hay veces en que la vida te da pocas opciones. Hay veces en que tienes que elegir entre ser tu mismo y equivocarte y ser otra persona y equivocarte igualmente.
Para aquellos de nosotros que elegimos escogernos a nosotros mismos, hay poca elección. Pero luego no podemos quejarnos. No es posible reclamar sinceridad y quejarnos cuando lo que nos dicen no nos gusta. No es posible presumir de valentía y encogernos cuando llega la hora de la necesidad. No funciona con ninguna de esas cosas ni con las emociones ni con...
No sé ni lo que demonios estoy escribiendo. Porque tengo una sobrecarga emocional y ya ni me acordaba de lo que es eso. Porque llega un momento en que la racionalidad se toma vacaciones y lo que te queda es puro, integro. Que alguien toca algo dentro de ti y los ecos que levanta rebotan en todo tu interior. Y se te sacude hasta el alma y pasas, de ser un voyeaur emocional, a tener una sobrecarga de cosas que ni sabías que estaban dentro de ti.
Y eso está bien. Porque "el hogar es donde duele", así que hay algo real. Y porque en tu interior sabes que has sido tu mismo. Que has dicho aquello que creías, que has pensado lo que sentías. Que has sido coherente, generoso, honesto. Que has sido una buena persona y que, pase lo que pase, puedes acostarte con la conciencia tranquila. Que ser un pilar de luz mira para lo que te sirve, pero mira para lo que os sirve. Y que es justo castigo a decir estupideces recibir daños, que te digan que para qué si aquí no viene nadie.
Porque al final, la verdad duele y corta. Y luego hay que recoger los pedazos con un recogedor. Pero de una forma o de otra, mañana saldrá el sol. Y nadie podrá quitarnos las risas del camino ni los buenos recuerdos compartidos, ni todo lo que he aprendido. Mejor poco y bueno que mucho y malo. Y sobre todo, poder mirarse uno mismo a la cara y saber que sigue siendo una buena persona.
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