lunes, 19 de marzo de 2018

Un barco



El viernes pasé por Cádiz y visité un barco donde trabajan unos amigos míos. Turista de casa ajena, me encontré con mucha gente a la que quiero mucho y que me quiere un montón. Gente que se alegró de compartir un rato conmigo y de asomarse a mi vida, y de dejarme asomarme a las suyas. Compartí códigos y espacios, me senté en ese sofá que no era mío, pero en el que se sentaban amigos míos. La vida de mar. Que cosa tan extraña y a la vez... que normal es.
A todo se acostumbra el cuerpo. A los paisajes infinitos, a las horas en vela, a las mismas caras día tras día, hora tras hora. A los mismos chistes y las mismas sensaciones, hasta que conoces a la persona al lado tuya mejor que ti mismo y no te gusta. A los rumores y los escándalos, tan rutinarios que pierden el filo.
Fue hermosísimo volver a asomarme. Y saber que tengo que volver. Porque es lo malo de ser nómada y extranjero; en ningún sitio estás del todo en casa, pero donde estás con tu gente lo sabes. Como decía Antonio Gala; el hogar es donde quieres y te sientes querido.
Parece poco, pero es mucho. Muchísimo.

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