lunes, 19 de marzo de 2018
Poesia
El otro día leí "Niños yunteros" de Miguel Hernández. Brutal. Y el miércoles, día internacional de la poesía, Natalia me ha liado (es invencible la maldita) para que lea un poema en ruso. He estado investigando algunos y me parece increíble. Si el alemán es el idioma de la filosofía, el ruso debe ser el maldito idioma de la poesía. Tantísimos matices y tantísimas sutilezas.
Tengo una traducción mía y otra que me han pasado. Se parecen básicamente en nada. Y ambos son hermosísimos. Un poema sobre olvidarte cosas, sobre reencontrarte a ti mismo a base de pedazos. Voyeur de las emociones, como le decía a Charlie el sábado (¡que bien me lo pasé!), la relación con Mar era un Ouroboros; ella se conocía a sí misma a través de mí y viceversa. De mí salía un círculo que la atravesaba y volvía a entrar en mí y al revés. El amor como un ciclo infinito de confrontación personal: yo contra mí mismo.
Hay que leer más. Hay que escuchar más música, contemplar más atardeceres, perderse en el silencio. Hay que recordar que el sofá es un hogar, aunque nos sentemos en esquinas separadas o directamente solo se siente uno. Pero sobre todo, hay que dejar que todo fluya. Ser para dejar de ser. O como me pasaba con Mar, mirarte a los ojos del alma, espalda contra espalda.
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