miércoles, 28 de marzo de 2018

Un plato


He llegado a casa y había un plato en la cocina. Sobre él, un papel con mi nombre. En el whatsapp, un mensaje que no acababa de entender y de repente cobraba sentido. Un plato para reponer otro plato, una disculpa hecha de ceramica y, tras de ella, una caricia del alma. Como quema una despedida. Vamos acumulando cicatrices hasta que nos preguntamos, ¿como puede el corazón seguir adelante?
E incluso eso, es hermoso. Y nos sale una sonrisa. Porque hemos sido naturales, hemos sido fieles a nosotros mismos. Hemos dicho y hecho aquello en lo que creemos y somos. Y ya nadie puede pedir más y el futuro... ¿quién lo sabe?
Hoy hace justo dos semanas. Dos semanas en las que ha pasado de todo, dos semanas que parecen veinte años. No somos las personas que eramos ni volveremos a serlo. Y en ese cambio, en ese proceso, está el vertigo de asomarse al vacío y que el vacío te devuelve la mirada. Aún es demasiado pronto. Quedan curvas y recuerdos y días buenos y días malos. Pero la vida sigue y tocan otros desafíos, otros asaltos, otras aventuras. Hay que mirar hacia delante pero... realmente, tengo el alma a rebosar. Y hacía tantísimo que no me pasaba eso, tantísimo... que solo puedo decir gracias.
я тебя благодарю. Por todo lo bueno y por lo malo, por las palabras hoscas para que no te extrañe y por las tonterías compartidas, por los paisajes, las fotos, los silencios y las palabras, los miedos y las alegrias. Por la confianza, la honestidad, el respeto. Por la amistad firme y sincera, por el abrazo que sabe a hogar, por los recuerdos e historias, poemas y novelas y discos y secretos compartidos. Gracias y hasta siempre. Бог с тобой.

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