jueves, 29 de marzo de 2018
El polvo de los días
Decía Jack Kerouac, figura idolatrada por algunos colegas míos y por todos los couchsurfers que en el mundo hay y habrá, que al final no recordarás el tiempo que pasaste en la oficina ni cuando segaste el cesped, así que vé y escala esa maldita montaña. Es una frase cierta y correcta, porque existen determinadas tareas que, por el amor de Dios, no las recordarás en tu vida futura. Pero hay una trampa dentro de esa actitud, de ese "huyamos y vivamos aventuras" y es la omisión de una parte de la realidad. Como si pintaramos un cuadro solo de color azul, Kerouac omite que por cada asombrosa montaña escalada existe media hora de discusiones sobre donde y qué llevar y como hacerlo.
La filosofía de Kerouac desprecia la rutina y promociona un estado de excitación perpetua. Y eso no es natural, de la misma forma que tener el corazón a mucho ritmo durante mucho tiempo no lo es. Exige entrenamiento y una serie de compromisos que la mayoría no estamos dispuestos a hacerlo y que, para aquellos que lo hacen, provoca unas consecuencias extremadamente dolorosas. Yo lo compararía con el deporte de élite; necesitas mucho entrenamiento y mantenimiento, y para ello necesitas un entorno que te lo facilite. Nadie es una isla.
Yo estas semanas he aprendido algo que encaja a medias con esa doctrina y más con la mía. Lo cíclico, esa óptica taoista del universo. Encontrar placer en subir a una montaña y en disfrutar de las vistas, pero también de llegar a casa y charlar sobre tonterías en la cocina (donde debe haber un taburete o varios, algo para beber y picar. Hay que crear un espacio y ese espacio está vivo). He descubierto que, si bien a veces el tedio es inevitable, existen formas de convertir dicho tedio en algo digno de admiración. Recuerdo cuando aún era un pibe, el placer que me producía ver a David cocinando y a Püri sentada en el sofá viendo manga. Cada uno estaba en su mundo respectivo y a la vez... a la vez, había una conexión.
Yo no soy la persona más inteligente del mundo, pero a veces, si me siento el tiempo suficiente, aprendo cosas. Normalmente demasiado tarde. Y he aprendido algunas lecciones sobre la vida viendo a compañeros, amigos, colegas... que me hacen entender lo que está bien y lo que está mal. Son lecciones que he aprendido yo, y son solo aplicables a mí. Puedo compartirlas con quién quiera, pero cada uno tendrá que adaptarlas a sí mismo y su carácter. Como decía Rabanal, el truco no consiste en hacer lo que hacen los demás, sino en encontrar nuestro propio camino para conseguir los mismos resultados.
Sinceramente, no le temo a la rutina. Le temo a la inercia o a la carencia de significado en lo que hacemos, pero incluso eso se puede llenar con actitud. ¡tanto por aprender! Que maravilla.
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