viernes, 23 de marzo de 2018

Futbolín

Tenía quince años y llevaba uno y medio enfrentándome al universo y viviendo. Mi amigo de toda la vida estaba en otro instituto y, sin que nosotros fueramos conscientes de ello, estábamos haciendo un grupo de amigos que duraría toda la vida. O al menos una vida, de esas siete que vamos viviendo entre que nos ponen los pañales y nos los vuelven a poner.
Y alguien dijo de ir a unos futbolines. Eran los noventa, los recreativos habían dejado de vender heroína pero seguían siendo sitios oscuros donde se jugaba videojuegos, se fumaba y se obsesionaba y destruía gente.
Pero era Cádiz. Y salíamos del instituto con nuestras mochilas y poníamos monedas sobre la mesa. Cuando nos aburríamos o nos echaban o había alguien buenisisimo, nos íbamos a la playa. O incluso a clase. Pasamos horas en torno a esas mesas, que inventara un republicano español para que los mutilados en la Guerra Civil pudieran seguir jugando al fútbol.
Y luego, vino la vida. Y a los diecisiete-dieciocho tocó estudiar y trabajar y echarse novias y viajar y el futbolín quedó atrás, como el rol y las miniaturas y los pcfutbol y el worms y tantas otras cosas. Como ya le dijera a Deivid en su momento, no merece la pena tener prisa por ser mayor, porque ser mayor te quita muchas cosas flipantes para sustituirlas por... por cosas que tienes que hacer.


Y unos años más tarde, casi de casualidad, un amigo me dijo que él solía jugar. Y bueno. ¿Por qué no? Yo no me había puesto en una mesa desde hacía años pero podríamos intentarlo. Y siguió un verano de cervezas y amigos y conversaciones profundas y bocatas y atardeceres en la Caleta. Y como quién no quiere la cosa, un amigo se convirtió en casi un hermano. Pero se echó novia y desapareció. Así que me quedé huérfano, buscándome a mi mismo en mesas perdidas, en bares olvidados, en silencios incomodos. Volví a la mesa de diseño, a pintar miniaturas y jugar a videojuegos, y el silencio se hizo estruendoso.
Pero hay cosas que no podemos evitar y surgen de forma natural. Fluyen. Nosotros tenemos que poner de nuestra parte. Si no lo hacemos, si no ayudamos, si no nos esforzamos, nunca van a pasar. Entonces hay que llamar a esa persona, moverse, perseguirlo. Y van saliendo planes y viajes y días y el diario, como quién no quiere la cosa, se va llenando de paginas y las paginas de palabras. Y un día, te das cuenta de que le estás contando algo de ti que ni tu mismo sabes, y que él te está escuchando y te está diciendo cosas que son buenas y válidas. Y te apetece abrazarle y decirle que te está salvando de ti mismo. Y que ojalá tu puedas hacer algún día eso por él.


Y días más tarde, alguien te comenta que busca con quién jugar al futbolín. Porque cada uno da, lo que recibe, y luego recibe lo que da. Y todos somos apenas piezas perdidas, flotando en el océano, esperando a que una ola nos arrastre a alguna playa. O quizás solo seamos una botella, con una carta dirigida al mundo, que leeremos si somos fieles a nosotros mismos.
Seamos lo que seamos, gracias. Como decía Abba, thank you for the music. Muchas gracias. Y hasta pronto.

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