lunes, 3 de marzo de 2014

Al final van a tener razón (not for you)


Una de las preguntas más tipicas cuando conoces a alguien es "Tu, ¿a qué te dedicas?". Allá por el mundo adelante, casi nadie se cree a lo que me dedico. Eso en sí es curioso. Aún más curioso es que gente que me conoce de toda la vida tampoco se lo cree. Y suelen argumentarlo con mi personalidad, mis aficiones, mis gustos. Hay gente de mi trabajo que me conoce y con la que he tenido la suerte de tener amistad. Entre ellos, la mayoria entienden que, precisamente por mi personalidad, mis aficiones y mis gustos, yo adapto mi trabajo a ellos. No es tanto como que yo me adapte al trabajo, sino que dirijo la forma de realizar este y el entorno a algo que yo pueda manejar.

Hasta que no puedo hacerlo. Hasta que me veo como ahora, meses y meses encerrado en una guarderia, amordazado. Y no quiero participar. Cuando escucho las conversaciones y me asomo a su visión hedonista de la vida, cuando contemplo la hipocresia y la carencia de valores, la profunda vacuidad de los gestos... entonces me digo. "Cabeza, este no es tu sitio."
Y ojo, no es totalmente justo. Hay gente muy buena ahí. Pasa que, como todo, al final lo que destaca es lo malo. Y hay mucho malo. Veo a mis jefes y me cuesta mucho encontrar inspiración. Veo a los que se supone que voy a mandar -porque lo que se dice mandar, yo no mando ni en mi casa y eso que vivo solo- y veo poca voluntad. Y veo a mis compañeros y...
Mejor miro para otro lado. Aunque hay gente muy buena y muy capaz, como digo, pero somos islas. El entorno no permite apoyarte más que un momento, comprobar que la otra persona está ahí y seguir a tu ritmo. Colocando tus defensas al máximo para que el entorno no te contamine, aunque sabes que es tarde. Que ya te da igual. Que sea lo que tenga que ser, con tal de que deje de doler.

Y claro, entonces te asustas. Cuando ves que un fin de semana en cama no es ninguna tragedia, porque total tampoco ibas a hacer nada. Cuando ves que la posibilidad de irte a otro sitio no es una ilusión ni un alivio, sino solo otra fuente de estres. Cuando has pasado el punto de la desidia y te encuentras directamente en el de la indiferencia, porque lo que fuera que conectara tu alma con el mundo real ya no está y te encuentras flotando en el vacio. Y en ese momento, ya te dejan de importar las conversaciones sobre coches, fútbol y tías, los piques infantiles, el ego desbocado, la incapacidad para reconocer los errores, la arrogancia (que no orgullo). Y añoras los buenos viejos tiempos de drogadictos incapaces pero de buen corazón, los abrazos de por la mañana pero, sobre todo, añoras la complicidad del compañero al que le importaba un carajo tu nota o la suya, sino simplemente que las cosas salieran adelante. Llega un punto en que mi capacidad para hacer magia se acaba y en ese momento, al final, descubro que solo soy un hombre.
Voy a la cama. Mañana será otro día.
 

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