sábado, 29 de marzo de 2014
¿donde vas, ojos tristes?
A veces pasa. Vas andando por la calle y te encuentras con alguien que tiene escrito en la cara "sufridor". Alguien a quien la vida le ha dado duro y se le nota. No que se queja porque no tiene para la televisión de ochopotocientas pulgadas, sino que mirandole puedes construir una historia dura. Malos tratos. Droga. Muerte. Sobre todo me choca cuando lo veo en mujeres, en mujeres que aún a pesar de todo tienen una cierta belleza. Se me va la cabeza a mi madre y, ese fondo de honestidad y de empatia que aun me queda se revuelve incomodo. Maldita sea mi conciencia.
Llevo muchos años paseando al borde de la siguiente pregunta. ¿Cuanto nos merecemos? ¿Cuanto nos curramos nosotros? Mi madre lo ha pasado muy mal en la vida, pero yo le atribuyo una parte bastante alta de responsabilidad. Ella tomó sus decisiones y no evaluó suficientemente los riesgos, o no se preparó para lo que podía pasar. Pero, ¿y si a veces se nos escapa? ¿Y si a veces la ola no te entra de proa, te coge dando una virada y, de repente, te has ido a la mierda? La metafora marinera no es casualidad. Yo no creo que nosotros recorramos nuestra vida en un coche por la carretera, sino por un mar del que no conocemos casi nada, que tiene corrientes, tensiones, vientos y en el que, si somos espabilados, aprendemos a reconocer pautas y ritmos. Pero nada de eso nos garantiza el exito.
Cuando veo a mujeres como la que me acabo de cruzar, tengo sentimientos encontrados. Me siento afortunado por no estar así ni que haya gente a mi alrededor que esté así, y me siento culpable porque haya gente así. Decía la constitución de Cádiz de 1812 que el objetivo de la nación es conseguir la felicidad de sus ciudadanos. Eso puede sonar muy ingenuo y muy inocente pero... ¿qué tiene de malo un poco de ingenuidad y de inocencia? ¿Por qué soñar tiene que estar tan castigado? Manteniendo los pies en el suelo y actuando de acuerdo a nuestras posibilidades. De repente nos hemos vuelto todos muy complacientes y estamos muy contentos con comer migajas, con caminar a la sombra de gigantes, con arrastrarnos sin despegar la vista del suelo. ¿De qué tenemos miedo? La caverna de Platón se hace más realidad con cada día que pasa y yo, con mi mochila preparada, mi espiritu medio de un sitio medio de otro y de ninguna parte, cada vez estoy más solo y perdido. Y es cuando me encuentro historias como esta cuando me pregunto.
¿Realmente no podemos hacer un poquito más los unos por los otros? ¿Y por qué no lo hacemos?
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario