sábado, 26 de diciembre de 2015

Cosas que se atraviesan en la garganta


Yo presumo de vivir al día. De no quedarme con las ganas de decir nada, de no tener cuentas pendientes. A quién lo quiero lo sabe, la gente que hace cosas buenas recibe mi piropo. Intento dar siempre cosas buenas, porque las malas... ¿para qué sirven?
Quizás por eso me callo. Es una sensación extraña. El domingo me pasé la noche sin dormir, pensando y escribiendo. Salieron ideas y más ideas. Llevo toda la semana intentando sentarme delante del email, ordenarlas, escribirlas bien, mandarlas. El primer día no lo hice porque no me apetecía, porque consideraba que esa historia estaba acabada. Al día siguiente no lo hice porque estaba algo nervioso, porque aún me afectaba.
Pasan los días y no mando el email. Ahora, me he sentado y he pasado las frases al ordenador. Hay cosas ahí que no quiero que Mar lea. Pero sinceramente... ¿qué puedo decirle a Mar? ¿Qué queda por decir entre nosotros? Esa oferta de tender la mano, esa despedida "en condiciones"... ¿sirve para algo? ¿Cambia alguna cosa? Simplemente es un paso más, y ya ni sé cuantos van, de una historia que murió hace años y no he querido verlo. Es un gesto de cara a la galeria, de cara a satisfacer mi ego, una mano tendida al vacío, confiando en no recibir respuesta, temiendo hacerlo. ¿A qué estoy jugando? ¿Por qué creo que mis sentimientos son más importantes que los de otra gente? ¿Por qué me empeño en contradecir mi propio juicio?
Hay que tomar una decisión y esa decisión es cruel a veces. La teoria del rosco salvavidas, esa que es parte de mi corpus moral basico, surge a la luz. No ayudes a quién no quiere ser ayudado. Ya está. En un fin de semana nos dijimos todo lo que había que decirnos, al menos por mi parte. Yo ya le dije que es un error tomar decisiones por otras personas. ¿Retirar mi oferta de ayudarla es eso? No, claro que no. Es una decisión mía y, si no soy capaz de hacer algo de verdad, no me ofrezco. Si no vas a llegar hasta el final, callate.
Así que esta es una cuestión, como decía la canción de Sting, acerca de "un arreglo practico". En este caso, conmigo mismo. Elijo la calma de la muerte, elijo dejar que se apague la luz y el tiempo haga que todo se olvide. Elijo seguir con mi vida, hasta que todo lo que quede sea un recuerdo que el tiempo vaya erosionando. Elijo el duelo. Porque el zombi muerde y ya sabemos que no hay nada que resucitar ahí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario