martes, 29 de diciembre de 2015

El romanticismo ha muerto


Ayer estaba contándole a Jose sobre la "Dialectica contra memeces" y me comentó eso, que el romanticismo había muerto. Y le dije que no, que para nada, que se había metamorfoseado. Al fin y al cabo, todos somos demasiado cinicos y malvados como para creer como creen los niños. Y aún así, seguimos teniendo ese hambre de gestos, de cariños, de aventuras. Yo la semana pasada me "disfracé" de corbata y chaqueta para llevar a mi madre a dar un paseo. Era una tontería, pero era una historia. A todos nos gusta vivir historias.
Hace dos días venía en el tren y, detrás mía, iban dos niñas alemanas. Su padre les hablaba en español y las niñas contestaban en alemán. Luego se ponían a dibujar o a cantar canciones. No sabéis el mal rollo y lo que mola escuchar a niños cantando en alemán; es totalmente de película de miedo. ¿Es una tontería? Si. La mayoría de la gente ni se daría cuenta. Pero a mi me gustó mucho y le puso un fondo a mi historia.
Hace muchos años, volvía de quedar con unos amigos cuando pasé al lado de una cabina (fijarse si hacía años). Había una chica, apenas una adolescente, al teléfono gritandole a su novio (espero): "¡que te quiero te quiero te quiero! ¡como las peras a los peros!". Hoy me he acordado porque me resultó muy gracioso la expresión.
Ese es el romanticismo que no ha muerto. El de los gestos compartidos, el de las historias que nos guardamos para contarselas a esa persona especial, el de las expresiones secretas. Ese es un romanticismo invencible porque existe entre las personas que eligen tenerlo y no necesita de bandas sonoras espectaculares, paseos a la luz de la luna por una playa de Tailandia ni bolsos de Tous que valen como un coche. Ese romanticismo, el de verdad, está hecho de risas, de pensamientos, de ideas. No, claro que el romanticismo no ha muerto. Solo se ha transformado.

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