lunes, 21 de diciembre de 2015

Una nota sobre el respeto



Ayer me encontré con un colega, oficial -creo que es el único colega, oficial en vez de oficial, colega que tengo - que lo está pasando bastante mal. La verdad que me jodió verlo así, aunque entiendo la situación y, si a mi me hubiera pasado lo que a él, probablemente estaría igual o peor. El caso es que, según lo comentaba con mi compi de piso, me di cuenta de que él no entiende, porque no puede hacerlo, lo que significa el respeto a un oficial.
Hace unos cuantos años, en una explanada en Ferrol, juré o prometí por mi conciencia y honor respetar y seguir a mis jefes, no abandonarlos nunca. Yo soy un tío de palabra, una vez me comprometo a algo no me bajo del burro. Incluso cuando a veces no se lo merecen pero, el respeto dice tanto de nosotros mismos como de aquellos que respetamos. Es muy fácil obedecer a tu padre cuando te pide que hagas algo que te gusta, pero donde se demuestra verdadero carácter, verdadera lealtad, es cuando lo aconsejas, lo ayudas y, a tu pesar, lo obedeces. Aunque no estés de acuerdo, pero el trato emocional básico, el núcleo de la lealtad recíproca es "yo hago lo que ud me dice, y ud mira por mí". Y mi compi es un buen tío, alguien que conoce y respeta ese trato, alguien en quién se puede confiar. Tiene sus defectos, propios de ser alguien joven, impulsivo y arrogante, pero tiene material para ser un gran oficial.
Un día, volviendo del instituto, me encontré a una vecina mía. Estuvimos hablando sobre gente y ella me comentó, asombrada "¡a ti todo el mundo te cae bien!". Lo pensé un momento y le dije "No, a mí no todo el mundo me cae bien. Pero a la gente que no me cae bien no le presto atención". Igual que el respeto que exiges a los demás debes primero darlo, no puedes esperar que la gente te aprecie si tu no muestras aprecio. A veces nos equivocamos dando el primero paso, pero es un error que estoy dispuesto a cometer.


Hace dos semanas, un lunes por la mañana, me levanté y decidí no volver a caerme. Decidí que todo lo que tengo me lo he ganado, que todo lo que soy lo he construido yo. Que no hay nada que justifique vivir arrastrándome, sombra de mi mismo, mendigando un amor y un cariño que me gano por ser quién soy y hacer las cosas que hago. Aceptando cualquier cosa de cualquiera, poniéndome en el último lugar, manipulando. Faltando al respeto y, por tanto, sufriendo afrentas, en una espiral de autodestrucción ridícula. Me cansé de mirar a la pared de la cueva y pensar que el mundo era una pared de piedra. ¿Por qué? ¿Por qué no mirar al espejo? Y seguir dando las gracias por las arrugas hechas de sonreír, por el pelo que me falta de habérmelo dejado estudiando y deprimiéndome en Ferrol, por las manos que aún extrañan el mar. Por respetarme a mí mismo, no como medida de defensa contra un mundo hostil sino como celebración de mi naturaleza y de mi vida. Por, como preguntaban hace una semana, sentirme afortunado. Porque lo soy. Y porque me lo he ganado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario