viernes, 18 de diciembre de 2015

Dialectica contra memeces



Ayer me llevé una sorpresa. Hacía tiempo que no me pasaba, conocer a alguien y empezar una conversación que se multiplica en media docena de conversaciones, todas a la vez y mezcladas. Música, viajes, trabajos, gente, estudios. Me han comentado que hablo mucho y es verdad, soy un maldito pesado. Pero cuando me encuentro a alguien como yo no suelo recular, sino que me vengo arriba y ayer pasó eso.
En medio de una de todas las conversaciones que estaban teniendo lugar a la vez, hablamos sobre el romanticismo y la colega empleó la frase que da titulo al artículo. "Dialéctica contra memeces" es lo que dijo ella que hacía con su ex novio, y me recordó terriblemente a aquel día, hace tantísimos años, en que, en un arranque de debilidad romántica, le pregunté a Karen como podría vivir sin ella. Y me contestó, pragmática cual maldita alemana, "pues como has vivido siempre, que cuando me conociste ya eras mayorcito".
Genial. Me encantan esas salidas de persona practica, de llamar a las cosas por su nombre. Sobre todo porque, muchas veces, son mentira. Pero no son mentiras piadosas del tipo "ea, ea", sino el tipo de mentiras que te dices a ti mismo cuando, corriendo, no puedes con tu alma e intentas convencerte de que aún tienes aliento para correr otro kilometro. Y vas y lo haces. Es esa capacidad para tomar decisiones que, si bien no son las más agradables, son las necesarias.
Es además un contraste importante con todo lo que vengo experimentando estas últimas semanas. Un exceso de drama, una incapacidad de gestionar las propias emociones, egocentrismo... Es llamativo porque, hasta cierto punto, toda relación conlleva un punto de fantasía, la excitación de la conquista, la novedad, la interacción. La euforia de huir de la soledad que, como animales sociales que somos, nos roe por dentro. Pero, probablemente por ser una sociedad con la mayoría de las necesidades materiales cubiertas, perdemos el contacto con la realidad con demasiada facilidad y hace falta que nos recuerden que, oye, la vida sigue. Y por mal que podamos pasarlo, lo superamos si queremos y ponemos de nuestra parte.
Todos deberíamos recibir una cierta educación en emociones. Conocernos a nosotros mismos, que somos, que queremos, como funcionamos. Y a partir de esa educación en emociones construir nuestra educación social. Como nos relacionamos con la gente. Que es justo. Que es honesto. Esos valores son los que van a construir el esqueleto que vestimos con nuestra vida. De ahí que la "dialéctica contra memeces" sea una forma maravillosa de afrontar todas esas malfunciones o enfermedades que terminamos convirtiendo en deformaciones. Es un error pensar que nuestros derechos o virtudes nos sitúan por encima de la retribución y, como bien dijo Newton, toda acción conlleva una reacción. Así que, para concluir, me gusta haber encontrado un haz de pragmatismo en la conversación de ayer. Que sorprendente contraste.

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