lunes, 2 de abril de 2018

No juegues a las cocinitas



Un defecto común a la mayoría de la gente es la falta de conocimiento del entorno. No sabemos como son las personas con las que nos movemos, no sabemos que intereses o inquietudes tienen o a donde dirigen su vida. Entonces, ante la duda, suponemos que son como nosotros y nos preguntamos "¿Qué haría yo en esta situación?" o "¿Como me gustaría que actuaran ante mí en esta situación?".
Casi siempre nos equivocamos. Llevo días insistiendo en que la mejor forma de resolver cualquier conflicto es hablando. Por eso que, en las últimas semanas, apenas haya tenido contacto con determinadas personas me resulta especialmente molesto.
Ronald me ha dado un muy buen consejo. No te lo tomes tan en serio. Es muy importante tener eso claro. Porque, como dije ayer, todo de lo que te ríes deja de darte miedo. Así que hay que reírse de las cosas que podrían darnos miedo, para vencerlas.
No me digas que te ofreces a pintar mi casa. No me digas que te planteas quedarte aquí. Porque es una tontería, es echar sal en la herida. Casi es más honesto desvanecerse en una nube de humo, dejando atrás buenos y malos recuerdos. Una historia se construye capítulo a capítulo, pero determinados gestos de cara a la galería son apenas poses sin contenido.
Mi casa es mía. Mi vida es mía. Y algún día, quién sabe, encontraré con quién compartirla. Pero si uno decide salirse, tiene que salirse con todo. No puede quedarse a mitad de camino, estar y no estar. Ese es el problema. No asumir que, para hacer una tortilla, hay que romper huevos. Por suerte o por desgracia, yo soy una persona a la que no le tiembla la mano a la hora de tomar decisiones difíciles y llamar a las cosas por su nombre. Y a partir de este momento, me encargo yo. Ya he dejado demasiado espacio para que la gente maniobre y es obvio que no saben hacerlo. Así que tomo la voz.
Ojalá no tuviera que hacerlo.

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