martes, 17 de abril de 2018

No te rías que es verdad


Que no me lo ha hecho nadie, que duermo solito.
Que mi almohada está llena de cuando no estabas
y etc. Por Marea. Duerme conmigo.

Llevo unos días pensando y recordando. A veces, sin venir a cuento, me viene una sonrisa tonta a la cara. Otras veces suspiro. Parezco una adolescente de quince años, pero es que lo de este fin de semana supera mis más locas fantasías. Y lo peor es que ha sido así, totalmente natural. Como si fuera lo único que se podía hacer.
Confieso que el jueves desesperé. Y ya pensé que se acababa todo. Aún así, el viernes fui a la estación lleno de ilusión. Nastya, que es una de las mejores personas que conozco, me aguantó toda la tarde yendo de compras y nervioso como un niño antes del día de Reyes. Y cuando llegué a la estación, cansado y hambriento, no sabía que me iba a encontrar. Y si bien el primer abrazo me partió en dos, conseguí aguantar las ganas de llorar y lo intenté. Y no coló.
Fuimos en el coche compartiendo historias raras. Y cuando por fin conseguí aparcar, nos soltamos. Y nos soltamos con miedo pero con ganas, como si llevaramos mucho tiempo esperandolo. Y así era. Y en ese momento, en ese liberar tensión y quitar el miedo, cruzamos una barrera. Me dijo que nos comportaramos delante de Nastya y así lo hicimos. Fue divertido y gracioso y simpatico. Cenamos. Y luego, cuando Nastya se fue a dormir, subimos a la terraza. Y aún tengo cardenales.Y esa noche y la siguiente dormimos juntos y ya ni sé lo que pasó. Fuimos a por churros y no había churros. Fuimos a Ikea y no vimos nada que nos gustara. Simplemente... vagamos. Vagamos mirandonos de reojo, abrazandonos cuando no miraba nadie, no queriendo despedirnos. Y seguimos. Porque no podiamos parar, porque no queriamos parar.
No sé que pasó. Se despertó el domingo para acompañarme a la estación y hacerme un bocadillo. El viaje, que dura doce horas, se me hizo eterno. Y desde que he llegado aquí nos mandamos mensajes y fotos y textos acaramelados y... y no sé. Estoy contentisimo pero quiero volver. Quiero volver y quiero quedarme. Ella lo tiene claro. Yo lo tengo claro. ¿Qué nos hace falta? Nos tumbamos en el sofá y nos contamos porqué estabamos allí, que eramos. Y lo demás... que sea lo que tenga que ser. Ya lo iremos arreglando.

Porque en cierto sentido todo va solo. Ella no sabía que podía hacer algunas cosas. Yo tampoco. Yo no sabía que se podía estar tan bien, yo no sabía que era tan facil como dar con la persona apropiada y quererlo. Y aquí estoy, contando los días, sin hacer ni puñetero caso a lo que pasa a mi alrededor.

Y la vida sigue dandome mimos. Ayer, aburrido y solo, me encontré a mi antiguo jefe de Madrid. Un amigo. Y mañana espero invitarlo a tomar algo por aquí y que los días vayan pasando más rápido. Esta noche hay cena. Y el sabado cada vez se aproxima más. Espero ver a Vane y hablar con ella, pero también espero que todo pase a toda velocidad y llegar cuanto antes. Todo es confuso, salvo tu vientre. Y en esta locura, en este ansia implacable, sigo contando los minutos.
Pero hay que hacer más cosas. Así que voy a leer y estudiar y escribir y pensar. Voy a pasear y echar fotos. Aunque sé que, en mi, solo existe una cosa.
Ahora a la cena alemana esta. A ver que tal se da. Hoy conocí a un americano, Dave, un tío muy interesante. Y voy aprendiendo cositas y arreglando trabajo. Pero mi cabeza sigue en este fin de semana y en el que viene. Y lo demás... es hueco en medio. Solo aire.

No hay comentarios:

Publicar un comentario