lunes, 23 de abril de 2018

Hogar


El viaje de vuelta ha sido un desastre. Todo lo que podía salir mal, ha salido. Empezando porque me perdí, cuando localicé el hostel solo conseguí charlar un rato con Ira y ya estaba con Domi dando vueltas por ahí (como lo eché de menos. Este hombre es una maquina). Al final llegué de vuelta a la habitación a medianoche, apropiadamente borracho, y me desperté a las 3 para coger un tren que se interrumpió, otro que tenía un trasbordo, un taxi que me costó cincuenta euros, correr por el aeropuerto hasta la puerta, un trasbordo de avión que cambió de puerta, un avión que llegó tarde, un tren que no salía pero que finalmente salió...
Pero al fin llegué a casa. A esa chica que me esperaba, a ese abrazo querido, a esa amiga que está cocinando. Con la casa impecable y a la vez hecha un desastre, con medicinas y comida en el salón y musica y cariño. Con historias y sofá. Y de repente, todo ha merecido la pena. Y la noche no se acaba nunca pero no se puede acabar, porque no es justo. Y el domingo, ese día de reflexión y hastío, pasa entre un gran desayuno, buscar donde deshacerse del mercurio de un termometro roto, conseguir medicinas para mi estupido y horrible resfriado, un paseo infinito a la playa, una siesta de cuatro horas y ver una peli de guerra sovietica, para luego dormir.
Y esto es la vida. Y no se acaba. Porque no se tiene que acabar. Pero ahora volvemos a la rutina y vamos al trabajo y a intentar que el día duela lo menos posible. ¿Y sabéis qué? Me da igual. Tengo fiebre por dentro y fiebre por fuera pero estoy contento y eso me parece lo más importante. Estar contento. Lo demás... día a día, como decía John Rambo. Día a día.

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