lunes, 11 de febrero de 2013

Dejando los juguetes


No me sonrías por la mañana temprano. Es demasiado para mi y no sé si puedo resistirlo. Y precisamente ahora me estoy dando cuenta de que esto es mentira, pero es bueno. Cuando dije que eras demasiado para mi no mentía. Te miro de lejos y te contemplo y me encanta. Y no me atrevo a dar un paso al frente porque sé que me golpearé con el cristal que pones entre tu y el mundo. Pero da igual. Solo observandote aprendo y soy mejor persona. El sabado estuve charlando con una chavala y, hasta ahora, no me había dado cuenta de que hablé yo. No interpreté, no jugué, no... no hice nada. Simplemente fui yo, sin darle importancia porque no la tiene.
Sé que no durará. No jugué porque estoy cansado, porque estoy aburrido, porque me falta ilusión. Mi naturaleza es la que decía Karen: ser un niño cuando puedo serlo y un hombre cuando debo serlo. Solo que ultimamente cada vez puedo menos y el mundo me resulta más oscuro y hostil.
Y ahí estás tu. Para enseñarme que ser un adulto no es un castigo, sino que es algo que puede disfrutarse. Que una palabra, un gesto, puede ser no ya dulce sino imposible. Que los lunes merecen la pena. Así que gracias. Aunque me duele todo, hace frio y estoy roto, y la semana tiene pinta de ir a ser el infierno que parecía, gracías. Por hacer que merezca la pena y por recordarme el sol.

No hay comentarios:

Publicar un comentario