sábado, 16 de febrero de 2013

Lobos


Quiero mirarte con hambre y que me sostengas la mirada. Quiero sentir la pregunta y la respuesta, quiero notar el desafio, quiero que me hagas dudar. Quiero correr a tu lado bajo la lluvia, la luna, el frío y el calor. Sentir como mis patas se hunden en el terreno y el aliento se condensa al salir de mis pulmones, asomar la lengua, gruñir. Quiero mirarte fijamente y asomar los dientes en algo que no sé si es una sonrisa o un desafio y acercarme a ti, paso a paso, sin que mis ojos se aparten de los tuyos, preguntandome si lo siguiente será una caricia o un mordisco.
Porque al fin y al cabo, un perro no es más que un lobo domesticado y quién es, fue. Y aunque camino en las sombras y me mezclo con el paisaje, y me escondo en un uniforme, me escondo en un personaje, me escondo en los puntos suspensivos... no dejo de ser quién soy.
Hay una parte de nosotros que nace y una parte de nosotros que se hace. Yo siento que cuando nacemos, Dios (o su autoridad equivalente) destila esencia en nosotros, más allá de las personalidades que arrastremos. Algunos nacen serpientes. Otros nacen jabalies. Algunos son el Rey Louey y otros, como mi amigo Joey, nacen aguilas marinas. Y su naturaleza surge en ocasiones, imposible de evitar. Yo soy un perro de mar. Estoy a medio camino entre ir y venir, pero sé cosas. Cosas que vienen de los que vivieron y viven dentro de mi, de mi naturaleza inevitable y de mis experiencias constantes. De abrir mucho los ojos y aprender, con arrugas de sonreír o con arrugas de sabiduria o cansancio, a veces no lo sé. De ser un niño que juega en la orilla, haciendo castillos que sabe que la marea se llevará.
Porque es inevitable. Pero a veces observo y recuerdo y sonrío. Sonrío cansado, lobo con la piel marcada de cicatrices, cuando observo a los cachorros jugar a pelear, sabiendo que pronto pelearan de verdad. Y contemplo en toda su gloria a la hembra alfa, la que lidera la manada, y sé que debe ser así. Que no va un paso adelante ni un paso atrás sino justo al lado, que abre el camino, que imparte justicia. Que habla con la voz de la manada y siento el calor en el pecho, el hambre y la rabia y la vida latiendo fuerte en mi corazón. Pum pum. El pulso golpea la yugular y sacude contra mis ojos cerrados. Lo que sé y supe, lo que supe y sabré. Y sonrío. Porque pasarás, como pasan las olas sobre el mar, pero la esencia quedará ahí y en mis ojos tus ojos brillan. Y cuando la noche eterna se pase y el tiempo nos olvide, seguiremos ahí, sombras que corren en el borde de la vista, fantasmas de una noche hecha de astillas de luna. Y yo habré vivido.

P.D: ¿Por qué tiene el lobo que disfrazarse de cordero?

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